El 10 de junio de 1958, en el Palais de Chaillot de París, delegados de 45 países firmaron un documento que cambiaría para siempre la práctica del comercio internacional: la Convención sobre el Reconocimiento y la Ejecución de Sentencias Arbitrales Extranjeras, conocida como la Convención de Nueva York.
Su principio era simple, pero revolucionario: los laudos arbitrales dictados en un país serían reconocidos y ejecutados en los demás, salvo causas muy limitadas.
Con ello, el arbitraje dejó de ser un experimento entre comerciantes para convertirse en una herramienta global de confianza.
Hoy, 170 Estados son parte del tratado, y casi todos los conflictos de inversión y comercio internacional dependen, directa o indirectamente, de su vigencia.
París fue testigo de aquel nacimiento, aunque el documento llevara el nombre de otra ciudad. Un recordatorio de que el derecho internacional, como el vino, se embotella en un lugar, pero fermenta en muchos otros.
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