En 1966, en un mundo que todavía no se había acostumbrado al término “globalización”, el Banco Mundial impulsó un experimento: un foro permanente para resolver disputas entre Estados e inversores extranjeros. Nacía el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), con sede en Washington.
Su primer caso, Holiday Inns v. Marruecos (1972), pasó casi inadvertido. Hoy, el CIADI administra más de 850 procedimientos, con reclamaciones que superan los 100.000 millones de dólares en conjunto.
El aniversario de sus 60 años, que se cumplirá en 2026, será una oportunidad para repensar su papel en una economía que ya no se divide en bloques ideológicos, sino en regiones que compiten por atraer inversión y estabilidad.
Lo que empezó como un apéndice del Banco Mundial es hoy una institución autónoma, con su propio cuerpo de reglas, una vasta biblioteca de precedentes y una influencia que, aunque discutida, nadie puede ignorar.
En tiempos de tensiones geopolíticas, el CIADI encarna la promesa —y el dilema— del arbitraje: una justicia global que intenta no tener bandera.
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