El arbitraje internacional vive en 2025 un momento de consolidación y también de tensiones crecientes. El mapa es claro: el eje Londres–Nueva York–Singapur sigue marcando el compás, con el inglés como lengua franca y los bufetes anglosajones como protagonistas indiscutibles en los grandes casos. Sin embargo, en el mundo hispano-latino empiezan a producirse movimientos estratégicos para disputar ese terreno, como demuestra la reciente fusión entre el Centro Iberoamericano de Arbitraje (CIAR) y el Centro Internacional de Arbitraje de Madrid (CIAM), que aspira a proyectar una voz común y a ofrecer un foro competitivo en el espacio iberoamericano.
El dominio anglosajón: idioma, foros y firmas
Las cifras no engañan. Más de las tres cuartas partes de los laudos de la CCI en 2024 se redactaron en inglés, incluso en disputas donde ninguna de las partes era anglófona. Londres y Singapur encabezan año tras año las encuestas globales sobre sedes favoritas, con Hong Kong y París disputando los puestos siguientes. Madrid aparece, pero todavía como opción secundaria, fuera del círculo de preferencia de las grandes multinacionales.
Esa primacía tiene un correlato evidente en el poder de los bufetes. Rankings como el GAR 30 o las clasificaciones de Chambers confirman que los casos más cuantiosos —en energía, infraestructura o minería— siguen en manos de las grandes casas anglosajonas: King & Spalding, Freshfields, White & Case, Debevoise, Three Crowns. No es solo una cuestión de prestigio; es capacidad instalada. Estos equipos disponen de ejércitos de abogados especializados, peritos internos y acceso fluido a financiación de terceros que permite litigar reclamaciones multimillonarias sin asfixiar al cliente.
En paralelo, el derecho inglés y la jurisprudencia de las cortes británicas se mantienen como referentes de previsibilidad, con la reciente reforma de la Arbitration Act reforzando todavía más la imagen de Londres como jurisdicción “pro-arbitraje”. Todo ello explica por qué las cláusulas de arbitraje en contratos internacionales siguen escogiendo mayoritariamente el common law como ancla.
La respuesta hispana: CIAM, CIAR y el español como activo
Ante esta hegemonía, el mundo hispano-latino empieza a reaccionar. El movimiento más simbólico ha sido la fusión entre CIAM y CIAR, que busca concentrar esfuerzos dispersos y proyectar un centro arbitral iberoamericano con mayor visibilidad y legitimidad. Hasta ahora, la fragmentación había debilitado la posición de Madrid como sede, a pesar de contar con la ventaja de la lengua y de una comunidad jurídica con peso en Europa y América Latina.

La idea detrás de esta unión es clara: convertir a Madrid en una puerta natural para arbitrajes con partes latinoamericanas, ofreciendo procedimientos en español y árbitros conocedores tanto de sistemas civiles como del derecho mercantil europeo. El español, segunda lengua más utilizada en laudos CCI, es un activo desaprovechado que podría jugar un papel diferenciador frente a la anglicización dominante.
La clave estará en si esta integración institucional se traduce en más confianza por parte de empresas e inversores para elegir a Madrid como sede o a CIAM como institución administradora. El reto no es menor: se trata de competir con décadas de tradición anglosajona y con una infraestructura jurídica y arbitral que inspira seguridad a los usuarios.
Latinoamérica: entre la dependencia y la oportunidad
En América Latina, la situación es ambivalente. Por un lado, la región concentra un volumen creciente de casos, especialmente en energía, minería e infraestructuras. Por otro, la mayoría de las disputas de gran cuantía siguen canalizándose hacia foros anglosajones, con participación de bufetes locales como co-counsel, pero sin el liderazgo de la estrategia global.
Firmas como Von Wobeser y Sierra en México, Mattos Filho en Brasil, Carey en Chile o Marval O’Farrell en Argentina se han consolidado como referentes regionales. Sin embargo, rara vez logran desplazar a las grandes prácticas anglo en los arbitrajes de mayor repercusión. El patrón dominante es la alianza: el conocimiento del terreno y de la normativa local corre a cargo de despachos latinoamericanos, mientras la dirección estratégica y la pericia procesal más sofisticada se reservan a Londres, Washington o Nueva York.
No obstante, existe margen para el cambio. El crecimiento del arbitraje doméstico, el fortalecimiento de instituciones locales y la formación de nuevas generaciones de abogados bilingües y biculturales apuntan a un futuro menos dependiente. Pero la clave seguirá siendo la capacidad de atraer casos relevantes a sedes de la región, algo que hoy aún parece lejano.
Un equilibrio difícil
El arbitraje internacional vive de la confianza. Y la confianza se construye con previsibilidad, consistencia y prestigio. En ese terreno, el mundo anglo lleva décadas de ventaja. La pregunta para España y América Latina no es si deben renunciar a ese liderazgo, sino cómo aprovechar sus propios activos: la lengua común, la experiencia en disputas complejas de inversión y la creciente profesionalización de sus centros.
La fusión CIAM–CIAR es un paso en esa dirección, un intento de romper la dispersión y ofrecer un rostro único. Pero hará falta mucho más: desarrollo de third-party funding en el ámbito hispano, alianzas estratégicas que permitan liderar (y no solo acompañar) los grandes casos, y un esfuerzo decidido por vender la fiabilidad de nuestras cortes y de nuestras instituciones.
Mientras tanto, Londres y Nueva York seguirán marcando el ritmo. Y el gran reto es que, dentro de una década, cuando se repitan los gráficos sobre sedes, idiomas y firmas dominantes, Madrid y los centros latinoamericanos no aparezcan solo como “otros elegidos”, sino como actores centrales en un mapa hoy demasiado inclinado hacia el Atlántico Norte.



